Y la vida (“bloggera”) sigue…

Como he estado ausente varios meses, tenía serias dudas sobre la forma en que debía poner al día mi blog. Hubo momentos en los que incluso pensé en dejarlo. Cuando finalmente decidí seguir con él, me debatía entre continuar donde lo dejé, e ir introduciendo las cosas más o menos cronológicamente, o arrancar con la actualidad y obviar los meses de ausencia.

Al final, opté por una tercera vía. Voy a recomenzar la actividad bloggera con lo más reciente, el Festival de Jazz de Madrid, pero poco a poco, en los duros y largos meses del invierno, iré colgando algunas cosillas interesantes que ví y oí este verano, para que nos recuerden esos buenos tiempos en que hacía calor y andábamos todos pensando en las vacaciones.

Espero que os sigan entreteniendo mis fotos y mis comentarios y ya sabéis que acepto gustosa cualquier contribución que hagáis

¡No os cortéis!

Coral

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Tributo a Fernando Canales

Fernando Canales del Rio, colega de profesión (la otra, la de investigación de mercados) y amigo desde los años 80, falleció ayer en Madrid.

Era un tipo vehemente y socarrón. Aparentemente duro, en cuanto rascabas un poco le podías arrancar una sonrisa y un buen gesto porque, sobre todas las cosas, era ‘un buen tio’.

Lo voy -lo vamos- a echar mucho de menos.

Nunca le saqué una foto, así que no tengo otro recordatorio de él que una fotocopia de una revista antigua. Lo que no va en técnica, que vaya en sentimiento.

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WordPress 2.6 – Tributo a McCoy Tyner

Como ya sabéis quienes hayais leido los créditos de este blog, lo he desarrollado íntegramente en WordPress, un programa de código abierto y licencia GNU con el que estoy encantada, ya que es muy potente y a la vez muy práctico y muy fácil de utilizar por los que no somos expertos.

Pues bien, cosas del destino, resulta que el otro día, al conectarme al blog, ví una notificación de WordPress avisándome de que había una nueva versión del programa, mejorado y con más funciones (por cierto, muchas de ellas me han parecido muy útiles), así que entré en la página de WordPress para descargarlo y cuál no será mi sorpresa cuando veo que la nueva versión se llama Version 2.6 “Tyner,” y está dedicada al pianista de jazz McCoy Tyner

¡Quién me iba a decir que había elegido el programa perfecto para mí, en todos los sentidos!

McCoy Tyner es uno de mis pianistas preferidos y una de las fotos de la exposición original Jazz Impressions era de él, cuando tocó en 1984, en el V Festival de Madrid (Palacio de los Deportes). Es una de mis fotos más ‘históricas’, tomada con mi famosa Zenit E (famosa sobre todo por el ruido que hacía, atestiguado por las fotos en las que más de un músico me mira fijamente, espantado por el estruendo).

Veintidos años después volví a fotografiarlo en el Festival de Jazz de San Sebastían 2006, en la Plaza de la Trinidad. Había estado enfermo y estaba demacrado, muy cambiado, pero con el mismo espírtu de entonces… Además, tuve el privilegio de intercambiar unas cuantas palabras con él en el bar del hotel y comentamos el festival de Madrid del 84, del que aún se acordaba (no sé si recordaba exáctamente aquél festival, pero sí claramente su estancia en Madrid en aquellos años)

Según tengo entendido, vuelve a estar enfermo. Ha suspendido la gira de este verano y todos los conciertos que tenía programados. Espero sinceramente que este homenaje de WordPress no sea el último que reciba…

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Santiago de la Muela Jazz Orchestra – Líneas Paralelas

Santiago de la Muela es un músico difícil de fotografiar: no para de moverse y gesticula mucho mientras toca. Casi podría decirse que hace muecas, y en ocasiones, está tan concentrado que parece que le duela cada nota que extrae de su guitarra. Íntimamente, siempre he pensado que debe ser un reflejo del esfuerzo que hace falta para mantener, así a pelo, en esta ciudad y en este país, una Big Band como la suya – de las de antes, de verdad Big y con todos los requisitos de una Jazz Band. Coordinar a diecisiete músicos hechos y derechos, cada uno con sus propios proyectos personales al margen de la ‘Orchestra’ y sin que los una ningún vínculo común más que las ganas de formar parte del proyecto, tiene que ser, por fuerza, toda una aventura.

[Uno de los gestos característicos de Santiago]

Hace falta mucho empeño, además de un gran alarde de ingenio, para encontrar locales en los que tocar con toda la banda, o para conseguir meterlos a todos en el minúsculo escenario del Berlín Jazz Café en el que tocan habitualmente, o para acabar convenciendo a los responsables de la escuela de industriales de que le cedieran su auditorio para la grabación del disco y posterior presentación… Incluso para atreverse a grabar el disco en directo, con la banda tocando junta en lugar de en el consabido estudio de grabación en el que las orquestas graban por secciones…

[La Jazz Orchestra en plena actuación – quedaron fuera de cuadro el contrabajo y el piano… ]

Sin embargo, el otro día, durante la presentación del disco Líneas Paralelas, en ‘Los Jueves de Industriales’, estaba más relajado, se le veía contento y satisfecho con su proyecto… a ratos, hasta le bailaba en la cara una media sonrisa…

Líneas paralelas es un proyecto muy personal en el que Santiago ha puesto mucho de sí mismo. No hay más que echar un vistazo al cuadernillo que acompaña el CD, repleto de fotos y recuerdos familiares y con una lista de temas en los que se incluye ‘Samba para Pepita’, dedicado a su madre, o ‘Fin del Trayecto’ a su tío Santiago “muerto en combate […] defendiendo la legalidad constitucional” (sic)… Tomaros unos minutos para hojearlo y entenderéis mucho mejor de qué estoy hablando.

Y si queréis escuchar lo bien que suena la Big Band, en la página del Berlín hay una sección especial de la que cuelgan fotos y música: http://www.cafeberlin.es/SM_Jazz_Orchestra.html aunque también podríais comprar el disco ¡caramba!, que haríais muy bien en ‘estiraros’ un poco 🙂

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Sufrimos Mucho

Sufrimos mucho es el título de una grabación ya mítica en el jazz español (perdóname Ángel por tomarlo prestado)

[Angel Rubio, autor de ‘Sufrimos mucho’ en su casa de Ibiza, en septiembre de 2007]

En realidad, lo que quería contar no tiene nada que ver con Ángel, ni con su grupo Madera, ni con la música en general, si no con la fotografía de jazz y con lo mucho que sufrimos los free-lance que, como yo, tratamos de subsistir en el mundillo.

Empiezo por el principio: la fotografía de jazz no es rentable. Creo que ninguno de nosotros consigue vivir de esto. Los m?s afortunados consiguen vivir de otros tipos de fotografía o de algún campo relacionado con la imagen o el diseño gráfico. Los demás obtenemos nuestro sustento de actividades que no tienen absolutamente nada que ver con ello (la investigación de mercados en mi caso).

Eso significa que tenemos que invertir nuestro escasos ahorros en unos equipos profesionales o semi-profesionales caros de por s?, con el agravante de que precisamos de objetivos muy luminosos (y por lo tanto muy caros), ya que la iluminación de los escenarios jazzísticos suele ser punto menos que simbólica (la iluminación de los conciertos y el gusto de los técnicos de luces por las penumbras y los escenarios ‘tétricos’ merecerán entrada propia en un futuro próximo). Es una inversión a fondo perdido, que jamás logras recuperar con los exiguos emolumentos de las fotos que publicas.

Una vez asumido el gasto del equipo, está el tema de las publicaciones. Como eres free-lance, vas a riesgo: es decir, vas al concierto, sacas las fotos como puedes, las procesas, las envías y, si tienes suerte (pocas veces), las publicas. Esto así dicho, no suena a mucho. La realidad es bien distinta.

Primero peleas por conseguir la acreditación. Cargas con un equipo que pesa varios kilos sin tener ningún tipo de privilegio y te tragas las colas que haga falta, muchas veces sin tener seguridad de que al final de dicha cola vayas a conseguir el deseado pase de prensa. Llegas a un foso de fotógrafos atestado de gente, en el que tienen prioridad las televisiones y en el que al fotero le toca conformarse con lo que pilla. Eso si es que hay foso. Las más de las veces acabas a gatas a pie de escenario o por las esquinas, con el consiguiente disgusto de los espectadores que tienes alrededor, a los que les molesta tu presencia y el ruido de tu máquina. Para mejorar las cosas, cada vez es más frecuente que ?nicamente te permitan hacer fotos en los primeros minutos (uno o dos temas como mucho), por lo que el foso (o el pie del escenario) se convierten en un caos de fotógrafos tratando de conseguir un ángulo apropiado, con la máxima luz posible. Debido a la altura de los escenarios y a los micrófonos y monitores de sonido que hay en el frente, esos sitios son pequeñísimos, por lo que acabamos todos agolpados tratando de ocupar el mismo espacio. En realidad, no sacas las fotos, las sudas.

Al fin, llegas a casa. Descargas las fotos en el ordenador y las procesas. Con la escasísima iluminación, las posturitas que has tenido que adoptar y el hecho de que los músicos no sean estatuas, hasta que no ves las fotos en grande no tienes manera de saber hasta qué punto son buenas o malas. No es raro comprobar que, con una profundidad de campo casi nula (lo habitual es tirar con el diafragma abierto al máximo que te da el objetivo), el músico se movió unos centímetros (sí, he dicho bien, centímetros) y tan solo te ha quedado enfocada la mano. Hay veces que el efecto resulta muy bonito (muestra de ello es la última exposición de Javier Nombela, donde la mayoría de los focos se centran en los instrumentos, no en los músicos, pero eso es otra historia). Otras veces, arruina por completo la toma.

Luego entramos en el tema de la publicación. Siempre resulta frustrante. Siempre.

Hay quien no paga por las fotos. Tu ?nica recompensa entonces es que las reproduzcan bien, que te las firmen y que luzcan… cuando al redactor, al responsable gráfico o al maquetador les da por ser creativos, te han hundido. Te encuentras tu foto alterada (en colores, en encuadres, en tonos…) e incluso manipulada. Maldices la popularización del photoshop y las máscaras y efectos que trae incorporados y te comes la frustración, básicamente, porque no puedes hacer otra cosa.

Hay quien si que paga. Entonces es aún peor. Las tarifas actuales son inferiores a las que cobraba en el Ya hace más de 20 años. Patético. Por supuesto, esos jamás te dan la más mínima información (datos básicos como si eres el único que va o hay varios foteros del mismo medio, si tienen más o menos espacio, si va a ir en vertical o en horizontal… parecen tratarse como secretos de estado), y de ningún modo se comprometen contigo (los otros no mucho más tampoco). No tienes la menor garantía de nada. Simplemente envías las fotos y que Dios reparta suerte.

Puede ocurrir que cuando veas el artículo está tu foto, más grande o más pequeña, o que hayan decidido no poner imágenes, o que est? la foto de otro. En este último caso, rezas porque sea de otro free-lance como tú que esta vez haya tenido más suerte. La opción de que haya sido un fotero de plantilla al que el jazz le importa un pimiento y que ha ido allí porque lo han mandado te resulta insoportable.

Podéis juzgar por vosotros mismos.

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Reflejado

Tete Montoliu, a quien muchos han olvidado ya, o eso me parece, era, como todos los genios, un ser contradictorio y puede que caprichoso. Podía ser un depredador, según y con quien, o un corderito, cuando se juntaba con su compañera sentimental de entonces. Carmina, que falleció en 1991, compartía sus sentimientos hacia el pianista con un desconcertante fervor que profesaba hacia un perrito de lanas con el que viajaba a todas partes y que Tete odiaba en lo más íntimo de su ser. Sería por ello que el bicho tenía la afición de subírsele a las barbas y por todo su cuerpo, pero él no decía ni “mu”.

La presente foto (febrero de 1985), la realizó su autora desde las alturas del colegio mayor San Juan Evangelista, sobre el escenario, lo que permite apreciar el suelo de tarima original y los inolvidables cortinones al fondo tras lo que todo era negrura. A la derecha, asoman los archiperres de la batería de Clyde Lucas; en el centro, Tete y Niels-Henning Orsted Perdersen, y la imagen del segundo reflejado en la tapa del piano sin retoque alguno y con una nitidez impropia de la era pre-photoshop. Decir que, cuando la vio, Carmina se sintió arrobada es decir poco. Le privó. Y si se hubiera limitado a pedir copia de la instantánea, todavía. Pero es que se empeñó en obsequiar a su autora con otra copia dedicada por los retratados.

Naturalmente, la firma de NHOP podía entrar en nuestros cálculos, no así la de Tete quien, por si alquilen ignora el dato, era completamente ciego. La situación se nos antojaba un tanto violenta: aún así, todos nuestros ruegos fueron en vano. Carmina cogió la mano de su amado, la guió por entre las luces y las sombras y, de este modo, estampó algo que se parece mucho a la firma de un niño. Cumplido el trámite, dimos las gracias encendidas a los co-firmantes y a su ayuda de cámara y tomamos las de Villadiego. Y Tete, ni “mu”.

Veintitrés años después, aquellas firmas apenas visibles vuelven a la vida. Bendito photoshop.

Chema García Martinez

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Chet Baker. Su foto favorita

Por aquel entonces, recuerdo, habían recién editado un libro con fotos de Chet Baker de William Claxton y, entre otras, una de Federico González, que era como poner una pica en Flandes, pero más, aunque él no diera importancia al hecho. Entonces Chet no era el mito que es hoy, como no lo eran Sun Ra ni Bill Evans ni ninguno de los que veíamos sobre los escenarios de cuando en cuando y hoy son objeto de la adoración un punto enfermiza.

Aquella mañana me personé en el hotel Los Galgos, en Madrid, con sendas copias de la misma foto del trompetista traídas del diario Ya, en el que colaborábamos la autora del blog y de la fotografía en cuestión, y quien suscribe. Casualitas casualitatis, a las puertas del establecimiento se encontraba el trompetista “in person”, que ni tenía concierto en Madrid ni tampoco en sus alrededores. El clásico “día tonto” en medio de una gira.

Conocía a Chet de antes y le apreciaba como el “gentleman” que realmente era, aunque ello no cuadre con la imagen que tienen de él quienes no le trataron. Su expresión al contemplar la instantánea en cuestión fue de desconfianza, primero, y de algo muy parecido al asombro, después. Permaneció un lago rato contemplándola: “esta es la primera fotografía mía que me gusta en mucho tiempo”.

Llegamos a un acuerdo por medio del cual yo le haría entrega de una de las copias y él me devolvería la otra, dedicada. Y así hicimos. Chet desapareció feliz y contento con su fotografía y yo partí no menos feliz y contento con la mía, que entregué a su autora.

Durante años he tratado de comprender lo que el retratado vio en una instantánea tan expresiva como pudorosa. Pudo ser esa inclinación tan a contra moda de la fotógrafa de fijar su atención en la expresión antes que en la cicatriz; su interés en retratar al ser humano y dejar de lado al mito. Su ejercicio de modestia y sensibilidad encontró la respuesta adecuada.

Chema García Martínez

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Blas Rivera presenta su nuevo disco

Hace un par de semanas, acudí al concierto que organizó Blas Rivera en el Johnny para presentar su nuevo disco: Canción para conquistar a la bailarina

No soy en absoluto objetiva: me encanta su música, su sensibilidad, su tono evocador, conmovedor a veces, sus aires de tango, de historias vividas…

Además de músico, Blas es un excelente narrador y no pasa un concierto sin que nos encandile con alguna de ellas. Quizá solo por eso ya merecería la pena escucharlo…

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John Zorn en el Joy Eslava

John Zorn es un músico polifacético, metido en innumerables proyectos de todo tipo. Con la tendencia actual de ponerle etiquetas a todo, los eruditos se quedan sin palabras para clasificarlo. Al Joy Eslava acudió con el proyecto Moonchild. Según unos, es nu metal, según otros, post-no-se-qué; la categoría más genérica la da wikipedia , que lo califica como uno de los máximos exponentes del ‘noise-music’. Todo esto os lo pongo como referencia. A mí, la verdad, me da exactamente igual como le llamen.
El caso es que llegamos al Joy. Una cola inusitada para recoger las entradas (agotadas) y las invitaciones. En la cola, una mezcla variopinta de ‘heavy’s’, modernos y alternativos de varias clases y algunos – solo unos cuantos – jazzeros. Alrededor de la cola, jovenzuelos y guiris mochileros con carteles en español e inglés pidiendo entradas sobrantes. El espectáculo estaba servido.
Una vez dentro, me dispuse a ocupar mi lugar habitual cerca del escenario, por aquello de las fotos, pero una vez vista la ‘masa enfervorecida’ que ocupaba la pista, sal? huyendo hacia la platea, arrastrando conmigo a mis acompañantes (Gómez, Gómez y García, para más señas). En la planta de arriba, una mezcla aún más variopinta si cabe: un grupo de tatuados hasta las cejas a mi derecha, parte de la crítica oficial del jazz a mi izquierda y todo tipo de fans en el frente, ocupando totalmente la barandilla y los dos escalones de acceso a los asientos, para no perderse ni un solo gesto…

Después de una espera demasiado larga, cuando ya la parte más seria de la audiencia comenzaba a dar signos de algo más que impaciencia, se apagan las luces y comienza el concierto.

Os diré que a mí personalmente me pareció bastante ‘blandito‘ y con demasiadas concesiones a la galería de entregados que se afanaban en grabarlo todo con sus móviles.

Muchos gritos, mucha parafernalia del cantante, que logró introducirse el micrófono hasta media tráquea, pero todo ello medido y pautado al milímetro, siguiendo un guión estricto (¿o debería decir partitura?) y sin el más mínimo espacio para la improvisación, ni para el supuesto descontrol que simula dominar el espectáculo.

Pero ¿dónde está John Zorn?

Al rato, comienza a cundir el desaliento en las filas de los jazzeros. El tiempo avanza y John Zorn no aparece por ningún lado. Uno de nuestros Gómez, pretextando que iba a dar una vuelta más cerca del escenario, es la primera baja (después sé que comentó que pobres de nosotros, que nos tuvimos que quedar hasta el final).

Gómez, García y yo nos lo estamos pasando en grande contemplando ambos espectáculos: el del escenario y el otro, mucho más interesante, que se desarrolla a nuestro alrededor…

Las masas de abajo se enfervorizan, el cantante se crece y se adueña totalmente del escenario… y John Zorn sigue sin aparecer… La susodicha crítica seria abandona el local protestando por la tomadura de pelo...

Se acaba el tiempo. Por fin aparece John Zorn para saludar junto a los músicos: su papel en esta historia no está en el escenario, sino en la mesa de sonido (amén de en la composición y dirección musical). Delirio general del respetable y desparrame de flashes, pantallas de móviles iluminadas y grabaciones de video ‘caseras’

Finalizado el saludo, desalojo casi inmediato azuzados por los ‘gorilas’, que tienen prisa por despejar a un público que, por las miradas que nos dedican, parecen considerar ‘indeseable’ y desean cambiar apresuradamente por otro más acorde con el local.

Entramos a saludar a John, que está contento y satisfecho por cómo ha ido todo. Agradece la felicitación que le hacemos, nos pregunta con un guiño si nos ha gustado su actuación y, por si no lo habíamos captado, nos explica que su función está detrás, en el sonido y en las mezclas.

Nos lo hemos pasado bien y el chocolate con churros de San Ginés contribuye a dejar un agradable regusto.

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Von Schlippenbach en el ‘Johnny’

Los estados de la materia

Le Domeniche pomeriggio d’estate, zone depresse. Franco Batiato ‘Zone Depresse’ (album Orizzonti perduti)

Es domingo al medio día. Estoy trabajando. Zonas deprimidas.
No sé porqué, llevo todo el día pensando en Von Schippenbach y en último concierto que vi en el ‘Johnny’. Me lo pasé muy bien, lo juro. No acierto a comprender como funciona mi cabeza para que acabe asociando una canción totalmente depresiva de Battiato con un magnífico concierto de Von Schippenbach… Cosas del subconsciente, supongo.


ENTROPIA


ENTALPIA


CAOS

Santiago de la Muela siempre cuenta una anécdota de un tipo que le decía que el jazz es una interpretación en que un grupo de músicos empieza tocando al mismo tiempo, luego cada uno hace lo que le da la gana para, milagrosamente, acabar todos a la vez.
Cada vez que veo esta última foto me acuerdo de la anécdota 😉

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