Fotografías familiares

Nunca había entendido qué es lo que hace a cualquier persona sensata convertirse en un maníaco capaz de hacer cientos y cientos de fotos en cuanto tiene una cámara digital en las manos.

Hasta ahora.

Aunque me hubiera pasado al formato digital hace ya tiempo, siempre había mantenido una aproximación a la fotografía de tipo analógico: uso reflex digitales, pero del tipo más parecido que encontré a una cámara analógica (misma marca, mismos objetivos y similar funcionamiento). Quizá por eso, las seguía utilizando casi del mismo modo que las analógicas y aunque sí es verdad que sacaba algunas fotos más que con el carrete, la diferencia siempre fue pequeña.

Como decía antes, hasta ahora.

Tengo una nieta preciosa y con los niños, ya se sabe, las mejores fotos son siempre las improvisadas; las que captas en ese particular momento en que tiene papilla hasta en las cejas, o cuando, de improviso, comienza a andar suelta por primera vez… Y si en esos momentos no tienes la cámara a mano, el momento pasa y ya no vuelve… Pero la reflex pesa y abulta mucho y es incómoda para llevar habitualmente encima, así que me decidí a comprar una pequeña compacta para llevar “en el bolso”.

Elegí una que me daba “buen aspecto”: 14 Megas de resolución, zoom óptico 10x, gran angular equivalente a un 25mm, pequeña y ligera, y que se puede poner casi totalmente en “manual” para poder jugar con los ajustes de velocidad y diafragma, modos de enfoque, etc.

Saqué las primeras fotos y todo parecía cuadrar con lo que quería. El resultado una vez descargadas las fotos y vistas “en grande” era un punto más que aceptable, así que comencé a llevarla literalmente en el bolso, para tenerla a mano en cualquier momento.

Y así, inadvertidamente, entré a formar parte de ese grupo insoportable de fotógrafos “familiares” que martirizan a todos los que tienen alrededor con sus constantes instantáneas.

No fui consciente del hecho hasta que, en una reunión de amigos, cuando me quise dar cuenta llevaba hechas más de 60 fotos (cosa que jamás me habría ocurrido con una tradicional analógica). Me sorprendió, y comencé a preguntarme qué era lo que había pasado para cambiar de forma tan radical mis costumbres.

Y al reflexionar sobre el tema y someterme a rigurosa auto-observación mientras usaba la cámara, de pronto, sentí el horror de la verdad: la cosa no está en la cámara, ni en el hecho de que sea digital, si no que tiene que ver, simple y llanamente, con la avanzada edad de la usuaria. ¡Me he hecho vieja para ese tipo de cámaras!

Me explico.

Las compactas digitales no tienen visor y tienes que tirar la foto según lo que ves en la pantalla de la parte posterior. Eso es ya en si mismo un poco incómodo, porque si hay mucha luz, o algún reflejo, la pantallita se vuelve casi invisible. A ese pequeño inconveniente se añade que no son tan rápidas como las analógicas y se produce un pequeñísimo lapso de tiempo entre que disparas y la foto se graba en la tarjeta de memoria (hablamos de milisegundos, y depende mucho de la tarjeta de memoria que le pongas, pero la diferencia existe).

Pero es que en mi caso (y aquí viene lo “gordo”), a esa incomodidad se añade la presbicia propia de mi edad, que me obliga a llevar gafas para ver de cerca. Y si me pongo las gafas para mirar la pantallita, no veo nada de lo que ocurre fuera de ella. Y si lo que estoy pendiente es de la realidad circundante, de la pantallita veo, aún sin luces ni reflejos, apenas un borroso atisbo de lo que estoy sacando.

Resultado, que como no veo lo que fotografío, y además soy consciente de que, por el retardo en el disparo, algunas fotos no salen como deberían, de forma inconsciente estoy duplicando y triplicando los disparos, sacando un montón de fotos similares “por si acaso”. Y menos mal que lo hago, porque después de descargadas y revisadas en el ordenador con las gafas puestas, siempre acabo descubriendo que la mitad de ellas no son en absoluto como yo esperaba: el encuadre no es bueno; el sujeto se giró o se movió y tengo un perfecto plano de su nuca o de su codo; fulanito está movido; menganito aparece ensombrecido por una mancha en el objetivo de la que no me había percatado y perenganito está desenfocado…

Y desde entonces empecé a comprender porqué ese afán de la gente de sacar cientos de fotos: la mayoría de los que hoy en día se compran una cámara digital no tienen ni la más remota idea de fotografía. Y tampoco tienen ganas de aprenderlo. Por eso, lo que compran es un aparato que, de forma totalmente automática, les proporcione recuerdos de su vida con solo apretar un botón, sin gastos adicionales al de la compra inicial del dispositivo. Y, al igual que a mí, la experiencia les enseña que, en muchos casos, las fotos no salen como ellos desearían, así que sacan multitud de ellas, con la esperanza de que sea el conjunto el que les ayude a conservar ese recuerdo. Y como tampoco tienen criterio para después poder hacer una selección capaz de contar una historia a través de la imagen, y además los “dispositivos de almacenamiento masivo” (discos duros, unidades flash, pendrives, etc.) cada día salen más baratos, acaban guardando cantidades ingentes de imágenes en su mayoría inservibles, pero que les proporciona una cierta ilusión de estar conservando sus recuerdos.

El problema mayor, del que espero no caer víctima, es que después pretenden enseñártelas.

Si alguna vez lo hago con vosotros, por favor, ser implacables conmigo.

Acerca de Coral

En otra época fui fotógrafa de jazz, aunque desgraciadamente, nunca pude vivir de ello. Colaboré como free-lance en diversos medios de comunicación electrónicos y digitales. Soy profesora universitaria y consultora de investigación, y en este año 2012 he leído, por fin, mi tesis doctoral. Me apasiona la tecnología y soy defensora a ultranza de los programas de código abierto.
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3 respuestas a Fotografías familiares

  1. Amelia dijo:

    Hay Coral!, que artículo más bueno…y que tarde lo he leído, totalmente cierto todo, pero lo peor es que seguro que como es tan antiguo después de publicarlo te habré hecho tragar un número demasiado alto de malas fotos, creo que sí… y tú sin decirme nada…Besos

  2. esther dijo:

    Hola Coral, decirte que me gusta lo que escribes.

    Un beso!

  3. Ana Garrido dijo:

    Me ha encantado tu reflexión, y estoy totalmente de acuerdo con ella, somos como los japoneses, ke no pueden perder ni media foto, es algo terrible pero es verdad y como dice el refrán, “de lo ke no cuesta, llenamos la cesta”, antes había ke revelar las fotos y eso hoy en día es una pasta, pero ahora como mucho llenas las tarjetas y hasta ke eso se desborda, llenas y llenas de fotos ke la mayoría nunca te atreves a borrar por si acaso a ti no te gusta, pero va y a tu padre o a tu madre pues sí le valen, se de uno, ke al tener varias iguales hace una copa de cada y se las da a sus hijos, etc y asi se evita hacer varias copias iguales de cada una, jajaja, en fin en tiempos de crisis todo vale, lo malo es ke te terminas acostumbrando y ya luego las 1200 fotos ke has hecho en el viaje del verano, como está por carpetitas de cada día distintos, pues ya no te parecen tantas fotos, en fin, ke te entiendo como no veas…. un besazo y ya sabes a pasar rapido las fotos para ke no se hagan tan pesadas, en mi casa todavia no han visto las tropecientas fotos del viaje de novios, ya ke todo el mundo aseguraba ke eran demasiadas fotos, a mi no me parecen tantas pero como digo ya me he acostumbrado a verlas. Un beso a todos

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