John Zorn es un músico polifacético, metido en innumerables proyectos de todo tipo. Con la tendencia actual de ponerle etiquetas a todo, los eruditos se quedan sin palabras para clasificarlo. Al Joy Eslava acudió con el proyecto Moonchild. Según unos, es nu metal, según otros, post-no-se-qué; la categorÃa más genérica la da wikipedia , que lo califica como uno de los máximos exponentes del ‘noise-music’. Todo esto os lo pongo como referencia. A mÃ, la verdad, me da exactamente igual como le llamen.
El caso es que llegamos al Joy. Una cola inusitada para recoger las entradas (agotadas) y las invitaciones. En la cola, una mezcla variopinta de ‘heavy’s’, modernos y alternativos de varias clases y algunos – solo unos cuantos – jazzeros. Alrededor de la cola, jovenzuelos y guiris mochileros con carteles en español e inglés pidiendo entradas sobrantes. El espectáculo estaba servido.
Una vez dentro, me dispuse a ocupar mi lugar habitual cerca del escenario, por aquello de las fotos, pero una vez vista la ‘masa enfervorecida’ que ocupaba la pista, sal? huyendo hacia la platea, arrastrando conmigo a mis acompañantes (Gómez, Gómez y GarcÃa, para más señas). En la planta de arriba, una mezcla aún más variopinta si cabe: un grupo de tatuados hasta las cejas a mi derecha, parte de la crÃtica oficial del jazz a mi izquierda y todo tipo de fans en el frente, ocupando totalmente la barandilla y los dos escalones de acceso a los asientos, para no perderse ni un solo gesto…
Después de una espera demasiado larga, cuando ya la parte más seria de la audiencia comenzaba a dar signos de algo más que impaciencia, se apagan las luces y comienza el concierto.

Os diré que a mà personalmente me pareció bastante ‘blandito‘ y con demasiadas concesiones a la galerÃa de entregados que se afanaban en grabarlo todo con sus móviles.

Muchos gritos, mucha parafernalia del cantante, que logró introducirse el micrófono hasta media tráquea, pero todo ello medido y pautado al milÃmetro, siguiendo un guión estricto (¿o deberÃa decir partitura?) y sin el más mÃnimo espacio para la improvisación, ni para el supuesto descontrol que simula dominar el espectáculo.

Pero ¿dónde está John Zorn?
Al rato, comienza a cundir el desaliento en las filas de los jazzeros. El tiempo avanza y John Zorn no aparece por ningún lado. Uno de nuestros Gómez, pretextando que iba a dar una vuelta más cerca del escenario, es la primera baja (después sé que comentó que pobres de nosotros, que nos tuvimos que quedar hasta el final).
Gómez, GarcÃa y yo nos lo estamos pasando en grande contemplando ambos espectáculos: el del escenario y el otro, mucho más interesante, que se desarrolla a nuestro alrededor…

Las masas de abajo se enfervorizan, el cantante se crece y se adueña totalmente del escenario… y John Zorn sigue sin aparecer… La susodicha crÃtica seria abandona el local protestando por la tomadura de pelo...
Se acaba el tiempo. Por fin aparece John Zorn para saludar junto a los músicos: su papel en esta historia no está en el escenario, sino en la mesa de sonido (amén de en la composición y dirección musical). Delirio general del respetable y desparrame de flashes, pantallas de móviles iluminadas y grabaciones de video ‘caseras’


Finalizado el saludo, desalojo casi inmediato azuzados por los ‘gorilas’, que tienen prisa por despejar a un público que, por las miradas que nos dedican, parecen considerar ‘indeseable’ y desean cambiar apresuradamente por otro más acorde con el local.
Entramos a saludar a John, que está contento y satisfecho por cómo ha ido todo. Agradece la felicitación que le hacemos, nos pregunta con un guiño si nos ha gustado su actuación y, por si no lo habÃamos captado, nos explica que su función está detrás, en el sonido y en las mezclas.
Nos lo hemos pasado bien y el chocolate con churros de San Ginés contribuye a dejar un agradable regusto.