Sufrimos mucho es el título de una grabación ya mítica en el jazz español (perdóname Ángel por tomarlo prestado)

[Angel Rubio, autor de 'Sufrimos mucho' en su casa de Ibiza, en septiembre de 2007]
En realidad, lo que quería contar no tiene nada que ver con Ángel, ni con su grupo Madera, ni con la música en general, si no con la fotografía de jazz y con lo mucho que sufrimos los free-lance que, como yo, tratamos de subsistir en el mundillo.
Empiezo por el principio: la fotografía de jazz no es rentable. Creo que ninguno de nosotros consigue vivir de esto. Los m?s afortunados consiguen vivir de otros tipos de fotografía o de algún campo relacionado con la imagen o el diseño gráfico. Los demás obtenemos nuestro sustento de actividades que no tienen absolutamente nada que ver con ello (la investigación de mercados en mi caso).
Eso significa que tenemos que invertir nuestro escasos ahorros en unos equipos profesionales o semi-profesionales caros de por s?, con el agravante de que precisamos de objetivos muy luminosos (y por lo tanto muy caros), ya que la iluminación de los escenarios jazzísticos suele ser punto menos que simbólica (la iluminación de los conciertos y el gusto de los técnicos de luces por las penumbras y los escenarios ‘tétricos’ merecerán entrada propia en un futuro próximo). Es una inversión a fondo perdido, que jamás logras recuperar con los exiguos emolumentos de las fotos que publicas.
Una vez asumido el gasto del equipo, está el tema de las publicaciones. Como eres free-lance, vas a riesgo: es decir, vas al concierto, sacas las fotos como puedes, las procesas, las envías y, si tienes suerte (pocas veces), las publicas. Esto así dicho, no suena a mucho. La realidad es bien distinta.
Primero peleas por conseguir la acreditación. Cargas con un equipo que pesa varios kilos sin tener ningún tipo de privilegio y te tragas las colas que haga falta, muchas veces sin tener seguridad de que al final de dicha cola vayas a conseguir el deseado pase de prensa. Llegas a un foso de fotógrafos atestado de gente, en el que tienen prioridad las televisiones y en el que al fotero le toca conformarse con lo que pilla. Eso si es que hay foso. Las más de las veces acabas a gatas a pie de escenario o por las esquinas, con el consiguiente disgusto de los espectadores que tienes alrededor, a los que les molesta tu presencia y el ruido de tu máquina. Para mejorar las cosas, cada vez es más frecuente que ?nicamente te permitan hacer fotos en los primeros minutos (uno o dos temas como mucho), por lo que el foso (o el pie del escenario) se convierten en un caos de fotógrafos tratando de conseguir un ángulo apropiado, con la máxima luz posible. Debido a la altura de los escenarios y a los micrófonos y monitores de sonido que hay en el frente, esos sitios son pequeñísimos, por lo que acabamos todos agolpados tratando de ocupar el mismo espacio. En realidad, no sacas las fotos, las sudas.
Al fin, llegas a casa. Descargas las fotos en el ordenador y las procesas. Con la escasísima iluminación, las posturitas que has tenido que adoptar y el hecho de que los músicos no sean estatuas, hasta que no ves las fotos en grande no tienes manera de saber hasta qué punto son buenas o malas. No es raro comprobar que, con una profundidad de campo casi nula (lo habitual es tirar con el diafragma abierto al máximo que te da el objetivo), el músico se movió unos centímetros (sí, he dicho bien, centímetros) y tan solo te ha quedado enfocada la mano. Hay veces que el efecto resulta muy bonito (muestra de ello es la última exposición de Javier Nombela, donde la mayoría de los focos se centran en los instrumentos, no en los músicos, pero eso es otra historia). Otras veces, arruina por completo la toma.
Luego entramos en el tema de la publicación. Siempre resulta frustrante. Siempre.
Hay quien no paga por las fotos. Tu ?nica recompensa entonces es que las reproduzcan bien, que te las firmen y que luzcan… cuando al redactor, al responsable gráfico o al maquetador les da por ser creativos, te han hundido. Te encuentras tu foto alterada (en colores, en encuadres, en tonos…) e incluso manipulada. Maldices la popularización del photoshop y las máscaras y efectos que trae incorporados y te comes la frustración, básicamente, porque no puedes hacer otra cosa.
Hay quien si que paga. Entonces es aún peor. Las tarifas actuales son inferiores a las que cobraba en el Ya hace más de 20 años. Patético. Por supuesto, esos jamás te dan la más mínima información (datos básicos como si eres el único que va o hay varios foteros del mismo medio, si tienen más o menos espacio, si va a ir en vertical o en horizontal… parecen tratarse como secretos de estado), y de ningún modo se comprometen contigo (los otros no mucho más tampoco). No tienes la menor garantía de nada. Simplemente envías las fotos y que Dios reparta suerte.
Puede ocurrir que cuando veas el artículo está tu foto, más grande o más pequeña, o que hayan decidido no poner imágenes, o que est? la foto de otro. En este último caso, rezas porque sea de otro free-lance como tú que esta vez haya tenido más suerte. La opción de que haya sido un fotero de plantilla al que el jazz le importa un pimiento y que ha ido allí porque lo han mandado te resulta insoportable.
Podéis juzgar por vosotros mismos.

